El moobing en el fútbol profesional.

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El fútbol, como cualquier deporte que relaciona los términos y agrupa la realidad de profesional y de competición, de los que ha habido en todas las épocas, encierra muchas contradicciones teóricas por esa mezcla tan chocante. Otra cosa es que muchos se hagan los desentendidos con el asunto y nos dediquemos, en el caso de interesarnos, a envolvernos en su disputa práctica y nos olvidemos de ello pero el deporte cuando no es únicamente participación sino que la disputa es entre profesionales y, además, de lo que se trata es de que haya un ganador, ofrece matices muy diferenciales con el resto del mundo laboral y empresarial y crea un territorio nuevo y específico. Porque se ponen sobre la mesa vectores o propuestas que en principio parecen tener poca concordancia entre sí.

Estas paradojas suelen aparecer cuando explota el conflicto, unas veces porque se prevé una dificultad especial y otras porque las cosas van mal en general y no se sabe fácilmente por dónde puede ir la solución. En el primer caso lo acostumbrado es el recurso a la afición y a los espectadores a que animen en el juego, a que derroten su indiferencia y se incorporen de alguna manera al juego. El segundo se puede resumir en lo que ocurrió hace unos días cuando una estrella de un Club Top pide que no le entreguen el balón a un compañero. Tiene sentido esa solicitud?

En cuanto a lo primero, lo que se está planteando es, entre otras cosas, el contexto o el ambiente laboral para lo que hay que tener presente que sus agentes principales, los deportistas, son profesionales con todas las cargas y beneficios que acarrea cualquier trabajo: un salario que ha de proporcionar la parte contratante y naturalmente a cambio una tarea a realizar. Por supuesto que para cumplir su quehacer todo el mundo necesita un clima que le permita producir de manera razonable y natural. Es precisamente en estos años en los que se empieza a popularizar el término mobbing como expresión del acoso laboral, una circunstancia que hasta se considera un delito. En esto estamos como en todas las profesiones. Pero la diferenciación es que esta actividad no sólo debe estar exenta de mobbing sino que además los profesionales necesitan, porque es parte del sistema, del trabajo colectivo, algo que de ninguna manera tendría sentido en otros trabajos. Y se hace porque en ello está la autoestima y el rendimiento del profesional, algo que resulta imprescindible para su eficacia y rendimiento.

El acoso laboral o el acoso moral en el trabajo, también conocido como mobbing, es la situación en la que un trabajador o grupo de trabajadores realizan una serie de acciones violentas psicológicas de forma sistemática (al menos una vez a la semana) durante un tiempo determinado (más de seis meses), sobre una persona en el lugar de trabajo.

El acoso laboral puede aparecer en cualquier momento, afecta por igual a hombres y mujeres y no entiende de jerarquías laborales.

Pero ¿alguien se imagina una situación similar en otras profesiones? ¿Cómo se juzgaría a un gran médico que tratase respetuosamente a sus colegas pero que en un momento quirúrgico determinado no quisiera compartir su escalpelo a un miembro de su equipo? Que sería tanto como no estar presente ¿Sería mobbing o acoso laboral esa actitud del equipo?

¿Y unos resultados? Esta es la otra cuestión, porque en cualquier trabajo profesional se exige, como no podía ser de otra manera, un rendimiento determinado. No tendría sentido otra cosa y ningún trabajador podría argumentar al término de su jornada que la mala suerte o el azar le han impedido hacer aquello que debía hacer. Y menos aún si esta explicación se convirtiese en habitual. Y en el deporte ejercitado por profesionales ¿se puede hacer lo mismo? ¿Se pueden plantear las mismas exigencias? ¿Qué es lo que se puede exigir y de qué manera? Al tratarse de un trabajo espectáculo, ¿hasta dónde su puede llegar en cuanto a rendimiento? ¿Bastaría sólo con el esfuerzo o el intento? La práctica y el sentido común parecen asegurar que no deban ser determinados resultados, como ganar el partido, pero ¿Aceptaríamos en un circo a un domador que aunque se esforzara al máximo no consiguiera dominar a los leones, o a un trapecista que a pesar de todo el empeño no alcanzara a saltar todo lo necesario?

Los trabajadores pueden realizar una serie de acciones para evitar que el trabajador tenga la posibilidad de mantener contactos sociales y propiciar el mobbing. Las más frecuentes son no hablar con él ni permitir que se dirija directamente al jefe o a un compañero o que los compañeros le hablen. Ubicarle en un sitio en el que estará aislado, etc.

El acoso laboral también puede aparecer ante actividades que tienen el objetivo de desacreditar la reputación laboral o personal. Para conseguirlo el agresor maldecirá, calumniará, inventará rumores, cotilleos o enfermedades de la víctima. También lo ridiculizará mediante la imitación de gestos, posturas o de su voz, se burlará de su vida privada, de su nacionalidad, de sus orígenes o intentará llevarlo al extremo, incluso atribuyéndole enfermedades mentales.

Se le podrá obligar a realizar trabajos humillantes, se le monitorizará y registrará su actividad con malas intenciones y se cuestionará o contestarán las decisiones que toma la víctima. Siendo posible que también pueda darse casos de acoso sexual con gestos y proposiciones.

Los acosadores pueden realizar acciones y actividades de acoso que pretendan reducir la ocupación de la víctima y su empleabilidad al desprestigiarle laboralmente. Para conseguirlo el responsable no le asignará ningún trabajo, se le asignan quehaceres inútiles o absurdos, inferiores a su capacidad o competencias profesionales o, por el contrario, le impondran tareas que exigen tener más experiencia y conocimientos a sus competencias.

Con esta actitud, los jefes o compañeros pueden comprometer la salud de la víctima obligándolo a realizar trabajos peligrosos o nocivos para la salud. Si la situación empeora, pueden amenazarle físicamente, agredirlo, ocasionar desperfectos en su puesto de trabajo o incluso atacarlo sexualmente. Todo esto puede derivar en que el trabajador tenga depresion o ansiedad.

El territorio propio que crea el deporte, al mismo tiempo profesional y de competición para ganar, supone un barullo especial que, como tantas otras cosas, mejor es empezar a cambiar.